Porque la muerte, para cada uno de nosotros, llega de distintas formas.

Y no hablo solamente de cuando alguien muere. Hablo de esas muertes que ocurren cuando tomas decisiones que tambalean tu mundo porque necesitas salir de ciertos entornos. Cuando crees estar tan abajo que ya no queda nada para ti.

Claro, todo es subjetivo: lo que puede ser catastrófico para mí, quizá no lo sea para ti.

Haciendo memoria, yo he estado muerta varias veces en mi vida. De un modo u otro.

La primera muerte — AGM

La primera vez que morí tenía 14 años y conocí al primer “amor de mi vida”.

Fue mi primer novio de secundaria. Tenía los ojos negros más hermosos que he visto jamás. Sus ojos parecían los de un cachorro que muere de alegría al verte. Tenía una sonrisa que derretía: pura ternura, nada de malicia, puro corazón. Era un año menor que yo.

Empezamos a hablar durante una misa. En ese entonces estudiaba en un colegio de monjas, y esto será importante más adelante.

A partir de ese momento nos volvimos inseparables, aunque estuviéramos en distintos salones. Todos los días encontraba la manera de dejar en mi pupitre una barra luminosa de neón —un glow stick— envuelta en una nota escrita con su letra. Al principio, yo no sabía como funcionaban esos sticks. Pensaba que eran palitos de paleta sin paleta y los tiraba. Días después me enseñó que esos sticks se deben doblar, malear y doblar, para romper unos cristalitos que traen dentro, y así empiezan a brillar.

A veces , lo que envolvía el stick era un pensamiento; otras, un tema para platicar o un chiste. La hoja de papel siempre olía a él.

Desde entonces supe que quería a alguien a mi lado que siempre oliera rico.

Él usaba la loción de Acqua di Gio. Si te enamoraste de un hombre en los 2000, sabes perfectamente el boom que tuvo ese aroma.

Llegué a contar 218 glow sticks con sus respectivas notas. Ninguna se repetía. Ninguna hablaba de lo mismo. Todas estaban firmadas con sus iniciales:

AGM

Student government meeting agenda and green highlighter on a wooden desk
AGM

Hablábamos todas las tardes por teléfono mientras escuchábamos música y hacíamos tarea , y reíamos por horas. A veces se escapaba de su casa para ir a la mía y darme un beso rápido en la mejilla y se volvía a ir a su casa para que siguiéramos hablando. Hasta que una tarde, tuvimos que colgar porque tocaban a la puerta de su casa unas personas del colegio que querían hablar con sus padres. Su objetivo era “formar vocaciones”.

Un sacerdote decidió que AGM tenía vocación para ser sacerdote y se lo llevaron a una escuela masculina, a dos horas de distancia, para que encontrara su camino “sirviendo a Dios”.

Nunca volví a hablar con él.

Lo anterior lo supe porque llamé a su casa y su hermano mayor me lo contó.

Años después lo encontré en Facebook. Supe que estaba bien. Pudimos hablar y me confesó que nunca dejó de pensar en mí. Para ese entonces, él ya vivía con una mujer y yo tenía otra vida. Pero definitivamente no se convirtió en sacerdote.

Durante muchos años vivió en mí el recuerdo de AGM, y siempre lo asocié con el poema que después se convirtió en canción: El seminarista de los ojos negros, de Miguel Ramos Carrión. .

-Algunas despedidas ocurren sin despedirse-.

La segunda muerte : Divortium – Tomar caminos distintos

La segunda vez que morí tenía 15 años.

Mis padres se divorciaron.

Quizá este episodio merezca su propio texto más adelante, porque siento que tendría que explorar las versiones de ambos, siguiendo esa idea de que siempre existen dos versiones en cada historia.

Pero, en pocas palabras, en la versión que yo viví, mi papá nos dejó sin techo y nos las vimos realmente mal.

La vida nunca volvió a ser la misma.

Pasamos de tenerlo todo a vivir con lo básico. Mi mamá quedó devastada y, a mis 15 años, me tocó hacerme cargo de una mudanza, cocinar, limpiar y convertirme en contención emocional para ella y para mi hermana menor.

Así durante casi tres años.

-El hogar puede desaparecer aunque las paredes sigan ahí-.

La tercer muerte: La familia que quería tener

La tercera vez que morí tenía 18 años y un embarazo en puerta.

La persona que elegí como padre de mi hija —porque sí: yo lo elegí— resultó no ser quien yo creía ni quien yo quería que fuera.

Sufrí casi doce años intentando mantener viva la familia que soñaba. Incluso llegué a creer que la llegada de nuestro segundo hijo lo haría reflexionar de una vez por todas.

Pero no ocurrió.

Esa etapa fue una muerte lenta y silenciosa. No todo fue malo, claro. Pero mis ganas de sacar la relación adelante siempre fueron mayores que las de él.

Fue una etapa llena de aprendizajes, experiencias y, por qué no decirlo, de una rudeza innecesaria.

Hubiera sido mejor poner límites y separarnos antes. Pero yo quería, con todas mis fuerzas, que lo nuestro funcionara. Quería que fuéramos una hermosa familia, sacar adelante a nuestros hijos, envejecer junto a él y despertar abrazada a su lado todos los días. Yo si quería.

También quería evitar enfrentarme a la idea y al trabajo de que otro hombre tuviera que querer a mis hijos y aceptarlos como propios. A la fecha, este punto es algo que sigo arrastrando porque no siempre sale como uno espera.

-Entendí que una familia no puede construirse con el esfuerzo de una sola persona-.

La cuarta muerte: Lo que el viento se llevó

La cuarta vez que morí… ¿qué crees?

También fue por un hombre.

Llegó cuando decidí soltar al padre de mis hijos.

Él era la representación humana de Narciso: hermoso, musculoso, vanidoso, educado, refinado y un excelente conversador. Quería que el mundo girara alrededor de sus prioridades y necesidades.

Y yo, acostumbrada a resolverlo todo, fui la pareja perfecta mientras él quiso. Mientras le serví. Mientras me ocupó.

Jamás diría que me necesitó, porque los narcisistas nunca admitirán haber necesitado a alguien.

Un día salió a ver a su hija —tenía una hija de otra relación— y decidió que no necesitaba nada más de mí.

Nunca volvió.

Cruzó la puerta y, horas más tarde, cuando intenté buscarlo, mis mensajes y llamadas ya no llegaban.

Desapareció.

En el sentido más literal de la palabra, dejó todo: ropa, auto, documentos, lentes de contacto, medicamentos, suplementos alimenticios y hasta a sus adoradas mascotas. Como si la tierra se lo hubiera tragado.

Pasamos de tener miles de fotos en redes sociales y una “vida perfecta” construida en internet, a no tener absolutamente nada. Al irse, borró nuestra vida presencial y la virtual como si nunca hubiera existido.

Pude haber ido a buscarlo a casa de sus padres o de sus hermanos para pedir una explicación, pero estaba demasiado abrumada, demasiado rota, como para siquiera coordinar el camino en auto hacia allá.

Terminé en tratamiento psicológico.

Y por la forma en la que se fue —sin hablar, sin explicar, sin volver a aparecer— desarrollé un mecanismo de defensa llamado desrealización, un tipo de disociación de la realidad -.

Percibía todo lo que me rodeaba como falso, distante, borroso, irreal. Como si estuviera viviendo dentro de un sueño. En mi percepción, yo no podía avanzar porque no había tenido un cierre que viniera de su boca: una explicación, una carta, un mensaje en el que me explicara porque había decidido desaparecer.

Empty distorted room symbolizing confusion and dissociation

Esta condición funciona como un escudo protector ante situaciones de estrés extremo, trauma o dolor emocional que sobrepasan tu capacidad de afrontamiento.

Me tomó un buen tiempo levantarme y justo, como buen narcisita, parece que lo intuyó. Me buscó tiempo después para intentar recuperarme y darme su explicación. Me bombardeó de flores, llamadas, lágrimas y un sin fin de excusas para justificar su partida. Un par de veces me esperó afuera del trabajo y tuve que salir hasta que oscureció para que no me viera ni me siguiera.

Pero yo ya lo había soltado sin mirar atrás. Lo borré de mi mente, tal y como él me borró a mi , y me prometí trabajar en mí y cambiar todo aquello que, hasta ese momento, había estado haciendo mal.

Se hizo evidente que he venido repitiendo un patrón: asumir el papel de quien sostiene, rescata, comprende, espera, apoya y repara las relaciones, y también a mis parejas, incluso cuando la otra persona no haga lo mismo.

-El silencio también es una respuesta. Y una muy poderosa-.

¿Y ahora? Volver a morir ya no es opción

Tal vez la vida después de la muerte consiste exactamente en eso: aprender a vivir después de convertirte en alguien completamente distinto.

Morí muchas veces, sí. Y aunque durante años pensé que cada una de esas muertes me estaba destruyendo, hoy entiendo que cada versión de mí dejó viva a la siguiente. Como pudo. Como sabía. Como alcanzaba.

Sobrevivirme a mí misma ha sido el trabajo más difícil de toda mi vida.

Porque después de cada pérdida, de cada abandono, de cada decepción y de cada derrumbe, tuve que aprender algo que nadie me enseñó: volver a elegirme. Volver a levantarme aun cuando no entendía quién era después del desastre. Volver a mirar mi vida sin reconocerla por completo.

Y quizás por eso sigo pensando de vez en cuando en aquellas barras luminosas que AGM dejaba todos los días sobre mi pupitre.

Hay cosas que sólo brillan después de romperse.

Tal vez yo también era una de ellas.

Hoy, por primera vez en mucho tiempo, siento que ya no estoy escribiendo desde la muerte, sino desde lo que vino después. Desde la reconstrucción. Desde esa versión de mí que nació de entre todas las anteriores y decidió quedarse.

Y aunque todavía quedan historias que contar, heridas que entender y versiones que reconciliar, esta vez quiero hacerlo distinto.

Quiero mirar hacia atrás sin quedarme atrapada ahí.

En otra entrega hablaré con más detalle de algunas de estas muertes, porque cada una merece su propio espacio. Pero también quiero contar lo que vino después.

Porque, al menos hasta ahora, no he vuelto a morir.

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